Mariano Cañardo, la lengua más rápida de la Volta

Mariano Cañardo, la lengua más rápida de la Volta

Recuperamos la figura de Mariano Cañardo, siete veces ganador de la Volta Catalunya. Un ciclista temperamental, con una mentalidad de hierro, que descubrió las bicicletas gracias a un compañero de la carpintería donde trabajaba en el barrio de Sant Andreu de Barcelona.


Nacido en Navarra, pastor en Huesca y carpintero en Barcelona, Mariano Cañardo sigue siendo el mejor ciclista de la historia de la Volta. Ganó la prueba en siete ocasiones, incluida la última edición disputada bajo bandera Republicana, en 1936, y la primera de la era franquista, en 1939. Cañardo era tan veloz que un determinado tipo de disparo en el fútbol fue bautizado con su nombre. Nunca aceptó perder. Pocas veces lo hizo

Pocas semanas antes del estallido de la Guerra Civil, las carreteras se llenaron para ver a Mariano Cañardo. El gran campeón había perdido tiempo en las primeras etapas de la Volta de 1936, aunque poco a poco empezó a remontar en la general. Camino de Manresa, atacó y no encontró rival.

Orgulloso, esperó a que llegara a su altura un coche con periodistas para gritarles “¡A ver quién se atreve a decir ahora que Ezquerra es el mejor ciclista español! Les he dejado donde he querido y ahora les saldrá barba”. El gran campeón acabó ganando esa edición de la Volta remontando una carrera que parecía perdida. Una de las grandes gestas de un tipo temperamental que, más de una vez, acabó las etapas a puñetazos. Un carácter que no le abandonó ni siquiera cuando se convirtió en el director de la prueba catalana. 

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En la edición de 1946, cuando Miquel Poblet se acercó a su coche con la pierna llena de sangre afirmando que se retiraría, lo insultó: “¡Eres un mierda!, no vales para nada, ¡maricón!”. Su hija Neus, que lo acompañaba dentro del coche de la organización, lo reprendió, aunque Mariano se justificó. “Si me compadezco, se baja de la bicicleta”. Y Poblet acabó aquella etapa. 

Mariano Cañardo junto a un grupo de aficionados.

Nacido en Olite hijo de un Guardia Civil, Cañardo se había criado en Huesca, donde fortaleció sus piernas jugando al fútbol, a la pelota vasca y dando vueltas al patio de los Salesianos castigado por los curas. Siempre fue un rebelde. Fueron años de libertad, trotando sobre caballos a pelo mientras hacía de pastor de cabras. Pero sus padres fallecieron, y cuando se quedó sin abuelos, fue enviado a Barcelona a vivir con una hermana. 

Era uno de los tantos niños que llegaban con una caja de zapatos atada con cuerdas en la que cabían todas sus pertenencias. Su sueño era convertirse en conductor de locomotoras, pero en su camino se cruzaron las bicicletas. Cañardo contaba que las descubrió gracias a un compañero de la carpintería donde trabajaba en el barrio de Sant Andreu.

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Y eso que los inicios no fueron fáciles. Justo después de comprar su primera bicicleta —que pagó a plazos— metió las ruedas por accidente en la vía del tranvía de Via Laietana y salió volando contra un coche. Pese a todo, se apuntó a una prueba amateur poco después. Como no tenía material, quiso correrla en calzoncillos. La organización le obligó a correr con pantalones largos de pana para evitar las miradas escandalizadas de la gente. Y pese a la incomodidad, acabó entre los 15 primeros. 

Envalentonado, se inscribió en un club ciclista del barrio de Horta y empezó a entrenar por el Tibidabo. Agresivo y dotado de una mentalidad de hierro, Cañardo se sacó la licencia de principiante para poder participar en sus primeras carreras, en las que empezó a imponer su ley. En 1926 ya era profesional, ganó la Vuelta a Cantabria y acabó tercero en la Volta, prueba que ganaría por primera vez en 1928. 

Cañardo celebrando uno de sus siete triunfos en la Volta con su hija Neus en brazos.

Ese mismo año fue reclutado para realizar el servicio militar, aunque le dieron permiso en el cuartel cuando lo llamaron para acudir al Tour, donde impresionó por su atrevimiento en las carreteras galas. Cuando su bicicleta se estropeó, tomó prestada la de un gendarme para llegar a la meta. El último día se tomó una sidra camino a París y acabó la etapa medio borracho. Es más, esa noche de gloria se quedó dormido en el ascensor del hotel. 

Pese a una segunda posición en una Vuelta a España, sus grandes gestas llegaron en su Volta, que ganó en siete ocasiones, aunque Cañardo siempre defendió que lo dejaron sin una octava corona por una sanción injusta, cuando le sorprendieron tomando cerveza un día en que el calor era insoportable. Entonces los ciclistas se detuvieron en plena etapa para tomar algo, en bares en los que era normal encontrar una fotografía de Cañardo, uno de los pocos deportistas, junto al boxeador Josep Gironés, capaces de eclipsar a los jugadores de fútbol. 

Cañardo siempre presumió de su amistad con algunos de ellos, como Samitier y Zamora. Y siendo aficionado como era al Barça, se negó a aceptar una oferta para competir en la sección ciclista del Espanyol. De hecho, compitió siete años con la sección del Barça, pintando las carreteras catalanas de azul y grana y presumiendo cuando los niños, cuando marcaban goles disparando muy fuerte el balón, decían que habían chutado “un cañardo”.

*Este artículo fue originalmente publicado en el número VOLATA#22

 

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