La etapa más larga: un reto heroico en la costa atlántica francesa

Hace un siglo, los organizadores del Tour de Francia propusieron a los ciclistas un reto épico: 482 km a lo largo de la costa atlántica entre Les Sables-d’Olonne y Bayona que se convirtió en la etapa más larga de la historia de todas las grandes vueltas. En homenaje a los que la corrieron en su momento, en La Fuga de Volata 34 volvimos a trazar la ruta en un solo día.

Entre 1919 y 1924 la quinta etapa del Tour de Francia aguardó una jornada de proporciones desmedidas, incluso para el ciclismo de aquella época. Una heroicidad en un momento en el que las condiciones no eran las más idóneas para rodar en bicicleta. No podemos preguntar a los corredores de principios del siglo XX cómo lo vivieron así que nos lanzamos a descubrir nuestra propia experiencia recreando el recorrido de aquella jornada de casi 500 kilómetros. 

Lo primero que hay que tener en cuenta es que esta etapa no fue una anomalía, con distancias similares en ediciones previas de la carrera. Aún así, el recorrido que unía las ciudades de Les Sables-d’Olonne y Bayona por la costa oeste de Francia fue el más largo de la historia de las tres Grandes Vueltas con 482 kilómetros. Se introdujo en 1919, el año del regreso de la prueba francesa tras la Primera Guerra Mundial. El estado de las carreteras era pésimo y las circunstancias paupérrimas. De hecho, fue conocido como el Tour del hambre debido al racionamiento de alimentos. 

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Querer reproducir con una exactitud fiel la experiencia es prácticamente imposible: ¿hasta dónde se podría llegar con un culotte de lana y sin badana? Hace tiempo que tenía en la cabeza hacer este recorrido, pero no me importa admitir que prefiero las comodidades del equipamiento moderno actual. Por tanto, decidí utilizar la nueva bicicleta aerodinámica de Wilier, la Rave SLR, equipada con un juego de poderosas ruedas Zipp 808. 

Con la intención de aprovechar al máximo las horas de luz, comienzo a rodar entorno a las 5 de la mañana. El paseo marítimo está desierto y las estrellas todavía son visibles en el cielo, lo que sugiere que el aire frío dará paso al agradable día que prometen las previsiones. Una vez fuera de la ciudad aparece el estilo de recorrido que me acompañará de forma habitual en este viaje: las rectas casi infinitas. Todavía bajo la oscuridad, no puedo ver nada más allá del potente haz de mi luz y tan sólo la línea blanca discontinua que pasa por debajo de mis ruedas me confirma que realmente me estoy moviendo. 

La ciudad portuaria de La Rochelle, una vez superados los primeros cien kilómetros, me recuerda a mis libros de texto, que la dibujaban como un gran centro de pesca industrial. Hasta ahora había rodado con tranquilidad y me sentía fresco, pero cometí un error de principiante. Durante unos kilómetros aceleré con energía, como si me hubiera olvidado del enorme trecho que tengía todavía por delante. Acabaría pagando esta decisión al llegar a los 160 kilómetros de recorrido, un tercio de la distancia. Es el momento de tomar un pequeño respiro. 

Tras reprender el camino vuelvo a notar la fatiga, más de lo que debería a estas alturas. Lo cierto es que la carretera desde Saintes no ayuda. Se trata de un trazado monótono, con mucho tráfico, un paisaje aburrido y una recta que se mantiene firme durante más de dieciséis kilómetros hasta Pons; e igual hasta Mirambeau. Una ruta que puede que no haya pavé ni sea montañosa, ni esté llena de muros ni el viento tenga un factor esencial, pero con una complejidad propia: aquí sólo estás tú y tu dolor de piernas.

En Blaye, después de superar el ecuador del viaje, la ruta gira a la izquierda a lo largo de la orilla del estuario de la Gironde. En este punto el viento de costado se convierte en viento de cola, las velocidades son altas y mi sonrisa es, de forma inconsciente, muy amplia. A mi derecha, contemplo el refrescante paisaje del estuario que forman los ríos Garonne y Dordogne, cada uno de los cuales se cruzan por puentes impresionantes como el Gustave Eiffel, que se inauguró en 1883, o el puente levadizo vertical más alto de Europa, el Jacques Chaban-Delmas. 

Me acerco a Burdeos y allí me doy cuenta que atravesar el centro de la ciudad en una soleada y primaveral tarde de sábado es una mala idea. Los carriles bici están llenos de turistas paseando en bicicletas de alquiler y patinetes eléctricos, y las carreteras están llenas de tráfico, por lo que, desgraciadamente, la única forma de evitarlo habría sido un desvío largo y el objetivo era mantener la ruta lo más fiel posible. 

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El tiempo total, más que el propio encima de la bicicleta, es también mi objetivo, por lo que me detengo con la menor frecuencia posible, manteniendo un esfuerzo sostenido. No es que esté compitiendo con los registros de hace un siglo —no puede haber comparación en ese aspecto— sino que siento este viaje como la única manera apropiada de rendir homenaje a esos guerreros y su sufrimiento. Además de que no quiero estar aquí toda la noche.

El dolor va y viene por momentos, y con él, inversamente proporcional, mi confianza. A veces me siento cómodo, fuerte y seguro de mi capacidad para lograrlo. En otras ocasiones, me duele tanto el cuerpo que considero que no voy a terminar. En esos instantes se desata una lucha constante con tu mente. Para eso estoy aquí y ahora, para lograrlo y sentirme cerca de aquellos corredores de la década de los años veinte. Un desafío mental constante y la oscilación incontrolable entre las malas sensaciones y las buenas.

Me tomo mi último descanso a los 400 km exactos. Sigo la misma rutina —comer, estirar y masajear el rodillo— esperando el mismo resultado. Para mi sorpresa, lo consigo. Después de ponerme los calentadores de brazos y rodillas y un chaleco vuelvo a partir y me siento bastante bien. Los últimos treinta kilómetros en plena oscuridad me producen una increíble sensación de euforia. En la meta, frente al gran ayuntamiento de Bayona, la alegría supera el cansancio acumulado. Poco después, esa relación cambia notablemente y el agotamiento comienza a adueñarse de cada parte de mí; y durará varios días.

Es a través de estos ojos apagados que puedo apreciar mejor los logros de Jean Alavoine, ganador de diecisiete etapas del Tour, cuatro veces en el podio y uno de los más grandes corredores que nunca ganaron la carrera. En 1922, Alavoine ganó esta etapa por segunda vez y lo hizo como antesala de dos nuevos triunfos consecutivos atravesando los Pirineos hasta Perpignan. Aunque en aquella época era extraño que los corredores ganaran etapas de manera sucesiva, es el único corredor que ha conseguido este triplete. Se trata de una hazaña inexplicable. 

*Puedes leer el artículo completo en el número #VOLATA34, dedicado al Tour de Francia