VOLATA#29: la fascinación por las montañas

Inspirados las sensaciones que nos produce el camino hacia las alturas y la conquista de los grandes colosos de piedra, hemos confeccionado un número con el fantaseamos con sentarnos en la cima del mundo. 

¿Quién no ha subido nunca a la cima de una montaña y ha sentido que durante unos instantes todo cobraba sentido y que estaba en la cima del mundo? 

Comentan los montañeros y los alpinistas que subir montañas es adictivo, que en el viaje hacia la cima hay algo que engancha muy difícil de explicar. Muchos alpinistas han intentado explicarlo a través de muchos libros que han terminado desarrollando una especie de filosofía propia y algo trascendental. De hecho las montañas han servido a pensadores como Friedrich Nietzsche para buscar metáforas que inviten a la reflexión sobre los desafíos de la vida. Dicho de otro modo, cómo responde nuestra propia esencia cuando la vida se empina hacia arriba, casi como un muur flamenco.

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El principal personaje de una de sus obras más emblemáticas, Así habló Zaratustra (1883), decidió poner camino a la sierra para aclarar sus ideas. “Soy un caminante y un escalador de montañas, dijo a su corazón. No me agradan las llanuras en donde no puedo permanecer tranquilo, por ello mi destino será siempre un viaje y una ascensión…” Y en la cima es cuando todos sus pensamientos se pusieron en orden: “Quien se cierne sobre las altas montañas se ríe de todas las tragedias de la vida”.

Montaña del Pedraforca, en el Prepirineo catalán (imagen: Juan Antonio Flecha)

Cima nevada del Mauna Kea, el coloso de la isla de Hawái (imagen: Getty images)

Sin embargo, no hay que recurrir a los grandes filósofos para comprender lo que significan las cuestas y las cumbres. Son elementos tan universales que incluso si nunca se ha subido a una montaña, por pequeña que sea, se puede entender su significado: todo el mundo sabe lo que es encontrarte con una cuesta en el camino. 

Inspirados por esa fascinación y todas las sensaciones que nos produce el camino hacia las alturas, hemos dado forma a nuestro número 29, un especial Montañas en el que hemos querido explorar algunos puertos como el Mauna Kea, en la isla de Hawái, el más largo del mundo (sí, es cicable); el Angliru, de la mano del fotógrafo Francis Tsang; el Pico Veleta, a través de los ojos del ciclista profesional Luis Ángel Maté; el Passo Spluga, la última sensación del Giro d'Italia, a través de nuestra Fuga; y nos hemos adentrado en los túneles de las montañas de los Alpes y los Dolomitas, esos agujeros fascinantes e inquietantes con el fotoperiodista Michael Blann. 

Imagen: Michael Blann

Bernard Hinault en 1983, en un acto promocional de  Look, que usó su experiencia en el mundo del esquí para crear los pedales automáticos (Imagen:  Getty)

También repasamos la relación amor-odio entre el ciclismo y el esquí, así como revisamos la historia de las montañas en las tres grandes vueltas por etapas,  dejamos que el ex profesional Juan Antonio Flecha —que se incorpora como colaborar de VOLATA— nos guíe a través de las montañas que le impulsaron a ser ciclista, y muchos más contenidos por descubrir. 

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Todo ello coronado por la portada de Elena Mompó que nos ha ilustrado la Bola del Mundo, apodo popular por el que se conoce al Alto de las Guarramillas, en la sierra de Madrid. Es una cima de 2.258 m al que La Vuelta a España ha recurrido en un par de ocasiones: 2010 y 2012. Este nombre responde a las antenas de repetición que se instalaron en la cima en 1959 para hacer llegar la señal de TVE a una buena parte del territorio nacional. Por entonces, la carta de ajuste del único canal de televisión que existía era una imagen de un globo terráqueo con una antena emitiendo ondas. De ahí el sobrenombre. 

 

Sin embargo, y más allá de filosofía o las antenas, hay quienes han intentado sentarse llegar hasta la cima del mundo de forma literal: escalar el Everest, la montaña más alta del planeta con 8.849 m. En 1921, el alpinista George Mallory formó parte de la primera expedición en atacar la cumbre. A él le preguntaron infinitas veces por qué quería subir el Everest y un día respondió: “Porque está ahí”. Simplemente. Quizás la respuesta más clara jamás pronunciada sobre el porqué se desafía a esos colosos de piedra. Mallory continúa: “Si no puedes entender que hay algo en el hombre que responde al reto que supone la propia montaña y que tiene que ir a afrontarlo, porque ese esfuerzo es el esfuerzo mismo de la vida, que siempre va hacia arriba, entonces no podrás entender porque vamos a las montañas. Lo que obtenemos de esta aventura es alegría en estado puro. Y la alegría, en definitiva, es el objetivo de la vida. No vivimos para comer o para hacer dinero. Comemos y hacemos dinero para luego ser capaces de disfrutar de la vida. Ese es el significado de la vida y para eso vivimos”.

Sin duda, es una explicación que podría aplicarse perfectamente al mundo del ciclismo. ¿Por qué subimos puertos? ¿Por qué coleccionar cimas? ¿Por qué nos fascinan tanto? Porque están ahí.

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