Port d’Aulà, el monumento del Couserans

Muchos metros de ascensión, unos parajes de descomunal belleza, un trazado con infinitas paellas perfectas, altitud a nivel alpino. Historia europea. Por esto y por muchas otras razones, el Port d’Aulà es un monumento pirenaico que debería ocupar un espacio en vuestra bucket list.

Aulà, Aulà, Aulà… Como un mantra sonaba en mi cabeza esta palabra de suave pronunciación y agradable dicción. La primera vez que oí hablar del Port d’Aulà y de sus curvas enlazadas fue en boca de Svein Tuft. Este exprofesional de carretera canadiense ya retirado, estuvo viviendo en Andorra durante sus últimos años de carrera cómo pro y con él compartí unos cuantos días de hard gravel.

Svein es un tipo muy duro. Antes de ciclista fue escalador, esquiador e incluso luchador de Jiu Jitsu. Curtido en mil travesías por el Yukón, a bordo de una vetusta mountain bike y arrastrando un carro y a su perro de 40 kg, el bravo canadiense había esquivado tormentas de nieve, osos, lobos y todo lo que se le ponía por delante.

Su innato espíritu explorador y su adicción al gravel lo llevaron más allá de los confines andorranos y se convirtió en un experto conocedor de todas las pistas, sendas y recorridos que transcurren por la zona fronteriza entre España, Francia y Andorra. Amante de mirar mapas en papel, el Port d’Aulà pronto se convirtió en uno de sus objetivos de exploración.

Este coloso pirenaico se encuentra en Francia, en la región de Midi Pyrenées, departamento de l’Ariège, zona del Couserans y en el término municipal de Seix. Tanto se lo encuentra como collado de Aulà como Port d’Aulà. Se trata de un paso de montaña que conecta la francesa Couserans con la comarca catalana del Pallars Sobirà. A sus 2.261 metros de altitud se llega desde el lado francés a través de una estrecha carretera asfaltada en su parte más baja, que se transforma en una pista de tierra a partir del llamado Col de la Pause, a 1.550 m. Por la vertiente española se asciende por una senda de montaña que, en muchos puntos, nos obliga a bajar de la bici y empujarla.

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En nuestro caso, nos propusimos escalar el Port d’Aulà por la vertiente septentrional, por ser totalmente ciclable en sus casi 18 km de ascensión y por ser muy poco ciclable (especialmente con las bicis de gravel) si se desciende o se asciende por la ladera española.

Un paso de montaña con historia

Hasta la década de los años setenta del siglo pasado, el Port d’Aulà era una senda de montaña, que, juntamente con la del vecino Port de Salau, fueron testimonio del exilio de muchos refugiados republicanos españoles hacia Francia y de muchos otros que, años después, huirían de la Francia ocupada por los Nazis hacia el sur de los Pirineos.

Más tarde, en los años setenta, este puerto vivió otro episodio transcendental para su futuro cuando en toda Francia se produjo una expansión de la industria maderera. Este empuje forestal hizo que se abriesen muchas pistas y accesos a nuevos espacios de explotación. A este hecho hay que sumarle el desarrollo de la ganadería extensiva dominante en la zona y que gozó de un nuevo usufructo. Fue en 1970 cuando se creó la actual pista del Port d’Aulà.

Si hasta entonces, para acceder a muchos entornos de alta montaña, solo se podía hacer a través de antiguas y accidentadas sendas, a partir de aquellos momentos se pudieron descargar a vacas, caballos y corderos y transportar los árboles cortados y desramados hasta altitudes mayores a través de aquellas nueva pistas de tierra y grava en muy buen estado.

Son las llamadas routes forestières. Estas rutas están administradas por la Office National des Forêst francesa y cuentan con una regulación muy concreta, no solo en lo referente a su uso, sino en lo que acontece a aspectos técnicos; como la inclinación (no puede superar el 12%), la anchura (unos 3,5 m.) y el radio de sus curvas (suficientemente amplio para que los camiones que extraen la leña puedan maniobrar con total comodidad) y sus condiciones y mantenimiento.

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En fin, ahora estas pistas son terreno preciosos para las bicis de gravel. Todo un sueño hecho realidad. Pistas en muy buen estado, con pendientes amables y que en algunos casos te dejan a alturas muy importantes, superiores a los 2.000 metros.

El colofón de una aventura de varios días

Nuestra visita y ascenso al Port d’Aulà venía precedida por varios días de bikepacking. Era ya nuestro tercer día de ruta. El día anterior habíamos llegado a Seix desde Bagergue (Salardú) y un cámping local fue nuestra casa por una noche. Había que atacar el collado de Aulà con energías renovadas después de una etapa de casi 4.000 metros de ascenso positivo acumulado. Ya conocía Seix de otras salidas por el Ariège y sabía que es un enclave donde uno puede dormir y descansar bien y testar la gastronomía local, sobretodo de las boulangeries.

Esta localidad es punto de partida de famosos ascensos asfaltados, los más conocidos son el Col de La Core y Col de Latrape. El Tour de Francia los ha pisado en incontables veces.

La mañana empezó con un buen desayuno en mi panadería local favorita. Una tartiflette y un pain d’amande junto a un diluido y menos exquisito café au lait fueron nuestro combustible para empezar una larga jornada de ciclismo. Era un día soleado de finales de junio, y partíamos de Seix a bordo de nuestras gravel equipadas para varios días de ruta. La carretera departamental D3 nos condujo hacia el sur, hasta el pequeño pueblo de Couflens. El angosto valle del río Salat todavía exhalaba aire frío de la húmeda noche pirenaica y el perfil suave nos permitía ir calentando los músculos para lo que nos esperaba.

Tras 10 km de tímida progresión, el track nos hizo girara bruscamente a la derecha. Estábamos ya en la verdadera ascensión al Port d’Aulà. La carretera D703 era ya realmente un puerto, con rampas de hasta casi el 14%. En unos 7 km habíamos ganado más de 800 metros de desnivel y estábamos en la mitad del ascenso. El paisaje era el de alta montaña, magnífico ejemplo de lo que produce el clima atlántico. Bosques de abedul y abeto, prados alpinos colgados en escarpadas pendientes, agua abundante y, afortunadamente para nosotros, un cielo raso, casi azul marino.

La parte asfaltada acaba en el llamado Col de La Pause, a 1.550 metros de altitud. Tras 2,5 km más de pista y duras pendientes, alcanzamos la cota 1.700. En este punto se abre otro collado y otra perspectiva de lo que realmente es el Port d’Aulà. Ante nosotros, el apuesto pico de Mont Valier, que fue nuestro guardián durante el resto de ascensión.

La masa forestal iba despareciendo a medida que ganábamos altura pero la panorámica crecía y la intensidad del verde también. Neveros alargados por las fuertes pendientes de la montaña y restos de avalanchas nos indicaban que la alta montaña era ya la señora del lugar.

En ese punto, en ese collado sin nombre, pudimos atisbar parte de lo que todavía nos esperaba: la pista iba recortando la pendiente serpenteando y vimos lo brutalmente bello que era ese entorno, pero en ningún caso podíamos saber lo que nos reservaba la montaña. La pista estaba compactada y tenía una pendiente que permitía que la bici progresase. Cada paella era una pequeña recompensa, un caramelo para seguir avanzando. Tras doce curvas llegábamos al estanque de Areau. Este punto y aparte en nuestro ascenso daba paso a una nueva sección de tornanti, exactamente, quince más. El paso por el estanque de Prat Matau marcó un cambio de condiciones en el terreno, el piso se volvió más roto y hubo que aplicar más técnica y más fuerza sobre la bici para alcanzar los 2.261 metros de altitud del Port d’Aulà.

En la cima, un fuerte y húmedo aire que soplaba del sur nos recibió. Estábamos solamente nosotros, un pastor y su Citroën C-15 y una placa pegada a un hito que nos recordaba dónde estábamos.

Unos instantes para comer algo, abrigarnos con el paraviento y lanzarnos hacia el norte, de nuevo a Seix donde nos esperaba una galette deliciosa y los puertos de Saraillé, Col de Port y el temido Mur de Pèguere, para rematar en Tarascon otra jornada de bikepacking ariegeoise.

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En pocas ascensiones uno puede dejarse llevar por tanta belleza y pensar solo en la perfección estética que nos regala el Port d’Aulà. Babeamos, casi literalmente, y el paso de cada curva nos pedía negociar otra más. En muchos tramos encontramos el flow, ese estado mental que consigue aislarte del esfuerzo físico y que te permite disfrutar solo de lo que tus cinco sentidos captan.

Tras la experiencia, nuestras cabezas todavía conservan multiples imágenes de la ascensión, a modo de diapositivas en un mural. Es difícil olvidar la concatenación de curvas, los estanques, el verde intenso, la grandeza del entorno, la dureza y sobretodo el bienestar y felicidad que nos ofreció el Port d’Aulà.

Definitivamente Svein Tuft es un tipo con buen gusto para los rincones únicos.