Badlands 2022, un manantial de emociones

En tan solo tres ediciones, Badlands se ha erigido en un referente internacional de la la ultradistancia, con recorridos de 780 kilómetros y 16.000 metros de ascenso. Os avanzamos parte de La Fuga de VOLATA#36 en la que David Rovira nos cuenta la intrahistoria de su épica y árida aventura junto a Juan Antonio Flecha en esta travesía.

Desde mi primera participación en Badlands 2020, ya habíamos hablado con Juan Antonio Flecha de esta travesía de ultrafondo. También de la autogestión y del ciclismo en autosuficiencia. A él, este formato le llamaba la atención y finalmente nos decidimos a participar formando equipo en octubre del año pasado. A partir de entonces, fueron meses de hacer poco ruido, pero en los que hubo mucha progresión pensando en el material, en cómo prepararla sin alterar en exceso nuestras agendas y la logística familiar. Y, poco a poco, empezamos a hablar de otros aspectos, como los tiempos de carrera.

Inicialmente nos fijamos el objetivo de bajar de las 70 horas, pero cuando participamos en The Traka, la fiesta del gravel de Girona, ahí Flecha vislumbró nuevas exigencias físicas y de material para afrontar con garantías la ultradistancia, ya que nunca antes había estado tantas horas encima de una bicicleta. 

A medida que nos acercábamos a la cita de Badlands, en septiembre, su estado de forma iba en clara mejoría e íbamos incorporando nuevos elementos de material a nuestras bicis Open WIDE y, en ese momento, empezamos a ver factible bajar de 70 horas y completarlo en 60, aunque, ya en la salida en Granada, nos propusimos dejarlo en 55 horas. Una carrera de ultradistancia puede presentar infinidad de contratiempos, pero sabíamos que el ritmo no sería el mayor problema. Conseguir esos tiempos solo dependería de saber gestionar el tiempo en las paradas. 

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Fotografía: Juanan Barros

Los eriales gorafeños

Tras la salida, los más rápidos se situaron en los primeros lugares y nosotros pronto encontramos nuestro paso. Una fugaz travesía por las rápidas e inmaculadas pistas de la Sierra de Huétor nos dejó a las puertas de la Hoya de Guádix. El día había amanecido fresco y despejado pero, poco a poco, iba transformándose en tórrido y abrasador. Atravesamos Purullena y Banalúa, y nuestra atención empezó a dirigirse a Gorafe, el primer gran objetivo a completar.

La escasez de agua era un elemento a tener en cuenta y los tres litros de líquido con los que arrancamos en Gorafe se quedaron en nada a la altura de Fontanar. Una vecina amable nos rellenó los botellines y proseguimos hacia Gor, situado en el kilómetro 274, con el deseo de encontrar algún bar abierto. De no ser así, tocaría esperar hasta Gergal, ya en el kilómetro 390, lo que significaba demasiada distancia sin la posibilidad de avituallarnos con comida convencional. Más allá de la gestión del alimento, el paso por el desierto de Gorafe resulta siempre hipnótico y atrayente. 

Fotografías: Daan Van Meeuwen / Tactic

De la frialdad del páramo al western almeriense

La ascensión a la Sierra de Los Filabres y la culminación en Calar Alto es una larguísima escalada. La noche era espectacularmente estrellada y la luna creciente nos proporcionó unas imágenes sorprendentes que Flecha, sin dudarlo, atrapó con su cámara. Mientras, seguíamos con la vista puesta en Gergal y con ese deseo constante de encontrar un bar abierto para tomar una bebida caliente. Así fue como iniciamos nuestra segunda jornada, con un prolongado descenso por una carretera ancha y bien asfaltada. 

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Llegamos a Gergal y pudimos tomar un café con leche y unas cuantas madalenas, además de rellenar los botellines para atacar las arenosas ramblas del desierto de Tabernas. El rodar se volvió pesado, sensación que se acentuó por las temperaturas elevadas. Llegar hasta Níjar exige trascollar la Sierra de Alhamilla, superando un buen número de curvas de herradura y dejando atrás los escenarios de numerosas películas del subgénero ibérico del western americano.

Fotografía: Daan Van Meeuwen / Tactic

Ya en Níjar, enfriamos nuestros cuerpos con el paso por una heladería dónde unas terrinas nos dejaron a punto para alcanzar una meta importante en el recorrido: el Cabo de Gata. En ese punto, el cambio de paisaje resultó evidente. Los plásticos de los invernaderos cubrían amplias superficies. Se trata de uno de los lugares más tórridos y aparentemente estériles del continente y, sin embargo, es de los más productivos en lo que a agricultura se refiere.

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Una vez superado el faro del Cabo de Gata y las salinas, por fin, nos adentramos en el descenso hacia la costa. Ya se vislumbraba Almería, pero había que superar diversos bancos de arena empujando nuestras bicicletas gravel a lo largo de la línea litoral, convirtiéndose en una lucha desmigajada.

Fotografías: Daan Van Meeuwen / Tactic

Los Pedrolos, un ejercicio de propiocepción nocturna

Con las últimas luces del segundo día de peregrinaje llegamos a la capital almeriense, desde donde afrontamos la exigente subida hacia Los Pedrolos. Esta larguísima ascensión que nos llevaría hacia la Sierra de Gádor resultó penosa, correosa y agotadora. Lo que empezó siendo una pista con algo de piedra, acabó convirtiéndose en un lecho de cantos rodados que nos exigió mucha técnica y energía.

Fotografía: Daan Van Meeuwen / Tactic

Cruzamos la Sierra de Gádor durante toda la noche y dormimos treinta minutos cubiertos con nuestras mantas térmicas y con multitud de piedras a modo de colchón. Fue un sueño para nada reparador que sólo sirvió para engañar a nuestro cerebro. Y fue, también, el despertar de unas inoportunas molestias estomacales. Mi energía cayó de manera clara y el trabajo en equipo floreció de manera natural. Cuando amaneció, Flecha se puso al mando y se encargó de que el ritmo no decayese. 

Los pueblos blancos

Nuestro paso por la Alpujarra, el paraíso de los muros de cemento, fue tambaleante y exigente. Faltaban sólo 50 km pero también 2.500 metros de ascensión. Divisar a la lejanía algún innombrable pueblo de casas blancas encaladas nos dio conciencia de nuestra localización. La ayuda de Flecha fue absoluta y generosa para superar la dureza del momento y alcanzar Trevélez. El final en Capileira ya se podía intuir. 

Fotografías: Daan Van Meeuwen / Tactic

Condicionado por el mareo estomacal no podía enfocar la vista y sólo la cercanía de la meta podía estimular a mi cerebro. La mente engañó al cuerpo y gracias a esto, y al empuje de Flecha, pudimos llegar a las calles de Capileira. Nuestro tiempo se paró en las 55 horas y 59 minutos, tal y como planeamos. El resultado nos dejó satisfechos, pero a la vez reventados. Llegamos primeros en parejas y en el top ten absoluto. El guion fue perfecto tanto en su planificación como en su ejecución. Sin presiones, solo dejando fluir el deseo y el hambre de bicicleta.

Fotografías: Daan Van Meeuwen / Tactic

Lo mejor de Badlands es finalizarla. Primero, por un motivo puramente físico ya que es exigente y extenuante a partes iguales. El segundo, y más importante para mi, es estrictamente emocional. Es en ese momento cuando te asaltan multitud de recuerdos. Es la satisfacción de haberla completado. Cada uno sabe lo que le ha exigido y el valor está implícito en ese esfuerzo, no el tiempo invertido. Badlands es un manantial emocional único.

Imagen de cabecera: Juanan Barros

* Muchas gracias a Continental, Gobik, 226ers y Tactic por hacer posible este reportaje y colaborar con nosotros en esta aventura

*En el número #VOLATA36 puedes leer la versión completa de este artículo