Gran Fondo Encamp Pas de la Casa: encanto montañoso en Andorra

Asistir al nacimiento de una prueba cicloturista siempre tiene algo mágico. Dos suscriptores de VOLATA participaron en la primera edición del Gran Fondo Encamp Pas de la Casa, que permite sumergirse en un recorrido similar a una etapa de alta montaña de una gran vuelta. Altitud, desnivel, porcentajes elevados y alguna sorpresa en forma de 'sterrato' para completar una aventura para escaladores.

Con la misma ilusión que un niño cuando recibe su juguete favorito, nos dirigimos hacia Andorra con la mochila cargada de entusiasmo y energía para afrontar, al día siguiente, la primera edición del Gran Fondo Encamp Pas de la Casa. Un nuevo evento cicloturista en los Pirineos que se añade al nutrido calendario del circuito Gran Fondo World Tour®.

La prueba proponía tres recorridos diferentes: la ruta más larga, de 103 kilómetros a través de la Collada de Beixalís, Coll d’Ordino, Envalira y Cortals d’En-camp; la intermedia, de 48 kilómetros y los puertos de Beixalís, Engolasters y Cortals; y, por último, un itinerario de 31 kilómetros que subía Cortals d’Encamp y Engolasters. La mayoría son puertos que ya forman parte de nuestro imaginario ciclista y que, en los últimos años, han sido protagonistas de grandes vueltas por etapas.

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La aventura comenzó con un golpe de fortuna, pues mi compañero Enrique y yo fuimos las personas agraciadas en el sorteo de VOLATA de una inscripción a la carrera. Eso nos permitió formar parte del nacimiento de esta prueba. En nuestro caso, nos decidimos por el recorrido intermedio, pues se ajustaba mejor a nuestras posibilidades. En torno a las 19:30 de la misma tarde en la que llegamos al territorio pirenaico retiramos los dorsales y recogimos los welcome packs, antes de empezar el briefing para conocer los detalles del recorrido a las 20 horas. Al tratarse de la edición inaugural no había una gran masificación de ciclistas, una situación que en gran parte agradecimos.

El ambiente era relajado y la transmisión de la información y las normas principales fueron mucho más claras que en cualquier otra carrera más multitudinaria. En esta reunión inicial, los organizadores fueron transparentes desde un primer momento e incidieron en el hecho de que la carretera no estaba cortada completamente para nosotros. Además, y aunque el tráfico iba a estar controlado en tramos concretos durante la ruta, no teníamos una posición de privilegio con respecto al resto de vehículos.

Nuestra aventura en los Pirineos arrancaba a primera hora de la mañana en Encamp, en el corazón de Andorra, donde acudimos con todo preparado. No quisimos dejar escapar ningún detalle, por lo que antes de salir del hotel revisamos la previsión meteorológica e íbamos mentalizados de la necesidad de llevar manguitos y ropa de invierno, especialmente por la sensación térmica. Aun así, nos sorprendió la baja temperatura. Hacía frío. Sin embargo, se desvaneció rápido tras las primeras pedaladas. Tan solo estuvo presente en el pequeño lapso de tiempo entre la salida y la llegada de la primera ascensión del día: la Collada de Beixalís.

Personalmente, fue el puerto más bonito de la jornada. No tanto por las vistas y el paisaje montañoso que lo acompaña y rodea en cada curva de herradura, sino por el grupo de gente que formamos. A lo largo de sus poco más de seis kilómetros y medio, la gran mayoría de los cuarenta participantes cubrimos la distancia al unísono. Un ambiente ciclista que también te estimula a nivel competitivo, pues te entregas y exiges más en unas rampas que alcanzan hasta un 12% en algunas zonas. Por un momento, y salvando las distancias, sentí que me encontraba inmerso en un pelotón profesional. Una sensación única. De algún modo, recordé aquella persecución de Alejandro Valverde y Sepp Kuss en el Tour de Francia 2021, con victoria para el estadounidense.

En la cima se encontraba el primer avituallamiento, y también el primer tramo cronometrado. Lo cierto es que no prestamos demasiada atención a estas tomas de tiempos. Nuestro objetivo era simplemente disfrutar y retarnos como ciclistas, pero, aun así, acabamos en segunda y tercera posición en nuestra categoría, masculino absoluto. Estas secciones estaban dispersas a lo largo del recorrido y servían para optar al título de Gran Fondo WorldChampion, que contaba con diferentes premios en metálico.

El descenso fue largo y técnico, en especial su parte central. Decidimos afrontar las curvas, relativamente estrechas y sumergidas entre la arboleda, con calma. Una vez finalizado, al llegar a la zona de Anyós, nos adentramos en el Túnel dels Dos Valires. Se trata de un tramo de tres kilómetros a través de un pequeño carril bici abierto al público hace solo unos meses. Tras superarlo, dejamos a mano izquierda la carretera que iría dirección Escaldes y Andorra la Vella y comenzamos la dura ascensión a Engolasters.

La carretera estaba en un estado impoluto, y era muy amplia. Además, el tráfico era casi nulo, transmitiendo la sensación de que era únicamente nuestra. Fue un tramo verdaderamente exigente, pues en sus seis kilómetros de longitud se mantenían porcentajes siempre constantes en torno al 10% y rampas que llegaban a picos de hasta el 15%. Una dureza que culminaba en la mayor sorpresa del track: un tramo de gravel. En un primer momento nos alertamos y redujimos el ritmo, ya que montábamos neumáticos de 25’’ y lo último que queríamos era un pinchazo a mitad del recorrido.

Mantuvimos la precaución al mismo tiempo que disfrutamos de una pista forestal cuyas vistas de postal nos acabaron seduciendo. Fue una sección estrecha sobre grava fina, cercana a los cuatro kilómetros de longitud, que transcurría paralela al lago d’Engolasters en su inicio y que, posteriormente, te permitía sumergirte por completo en la naturaleza. Un cambio de escenario fugaz sobre sterrato que rompe —pero de forma agradable— la dinámica del recorrido antes de comenzar la ascensión final a Cortals d’Encamp.

Precisamente, el puerto volvía a ser un punto cronometrado y en esta ocasión tanto mi compañero como yo decidimos apretar hasta la cima. Éramos conscientes de que solo faltaban seis kilómetros realmente duros, pues la parte final sería en descenso hasta la meta. La identidad de esta subida es su altitud. Era la mayor de este recorrido, alrededor de los 2.000 metros, y se reflejaba en la naturaleza del paisaje, mucho más expuesto al viento, sin tanta vegetación y con vistas privilegiadas tanto de los picos montañosos como del valle.

Cada pedalada era un paso hacia el objetivo: el funicular de la estación de esquí, donde se encontraba el arco del crono. Fue un final duro, después de haber acumulado cerca de 2.000 metros de desnivel positivo en poco más de 38 kilómetros, pero en cierto modo pasó rápido; así nos lo propusimos. Una vez arriba nos tomamos la foto de rigor, recogimos un par de cosas del avituallamiento, nos enfundamos el cortavientos y nos lanzamos hacia abajo.

Durante el descenso nos cruzamos con compañeros que habíamos adelantado en nuestra subida y tras 10 minutos sobre un descenso tendido y navegando por cada una de las curvas llegamos al punto de partida en la parroquia de Encamp. Sin duda, esta Gran Fondo fue una experiencia que disfrutamos en plenitud, tanto por los paisajes como por el ambiente. Al tratarse de la primera edición, posiblemente, faltó un punto más del color —y el calor— que aporta una mayor participación, pero tiene todos los ingredientes para convertirse en un referente en los próximos años dentro del calendario amateur. ¡Repetiremos y la veremos crecer!

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